Arteterapia para la ansiedad: síntomas, qué ocurre en el cuerpo y cómo ayuda el proceso creativo

El cuerpo no deja de hacer una pregunta que la mente no puede responder

La ansiedad rara vez empieza con un pensamiento. Para cuando te das cuenta de que estás «ansioso», es muy posible que el pecho ya se haya cerrado, que la respiración se haya vuelto más superficial y que los hombros estén prácticamente pegados a las orejas.

La mente, siempre ávida de encontrar una explicación, llega después: la fecha límite, la relación, el problema de salud, aquello que dijiste hace tres días y a lo que sigues dándole vueltas. Pero el cuerpo llegó primero. Casi siempre es así.

Y esto no es un detalle menor. Entenderlo cambia por completo el tipo de ayuda que puede llegar realmente al fondo de lo que está ocurriendo.

Qué le ocurre al cuerpo cuando aparece la ansiedad

En esencia, la ansiedad es una respuesta de supervivencia que se activa cuando el sistema nervioso percibe una amenaza, ya sea real, anticipada o incluso difícil de identificar conscientemente.

El corazón se acelera, los músculos se tensan, la respiración cambia y la atención se estrecha. El cuerpo se prepara para responder.

Es un sistema que, en su origen, está diseñado para protegernos frente al peligro. El problema es que gran parte de la ansiedad que experimentamos hoy no encuentra una vía de descarga acorde con la intensidad de esa activación.

No hay un depredador del que escapar. Hay un correo que no llega, una bandeja de entrada llena, un diagnóstico médico, una relación incierta, una conversación pendiente o esa sensación persistente de que algo no va bien, aunque no sepas exactamente qué.

La activación ocurre de todos modos. Solo que no siempre encuentra un lugar hacia el que dirigirse.

Por eso la ansiedad puede aparecer en forma de palpitaciones, opresión en el pecho, respiración superficial, nudo en el estómago, inquietud o dificultad para permanecer quieto. También puede aparecer como un tipo de cansancio muy particular: no el cansancio de haber hecho demasiado, sino el agotamiento de haber permanecido en tensión durante demasiado tiempo.

A nivel psicológico, puede manifestarse como pensamientos catastróficos, dificultad para concentrarse, una sensación persistente de que algo malo está a punto de ocurrir o una vigilancia constante: una mente que no deja de escanear el entorno en busca de lo que podría salir mal.

Y aquí hay algo importante: no estamos hablando de dos problemas independientes —uno físico y otro psicológico— que ocurren al mismo tiempo. Estamos hablando del mismo proceso, experimentado desde dos lugares distintos.

Por qué hablar de ello no siempre es suficiente

La terapia verbal nos pide poner en palabras lo que nos ocurre: ¿qué te da miedo?, ¿cuándo empezó?, ¿qué te está diciendo la ansiedad?, ¿qué crees que podría pasar? Esta traducción a palabras puede ser profundamente útil. Pero también parte de una premisa: que aquello que estamos intentando comprender ya está disponible en forma de relato, que existe una historia que podemos contar y, más o menos, entender.

Y muchas veces no es así.

Hay personas capaces de describir con enorme precisión lo que sienten en el cuerpo y, al mismo tiempo, completamente incapaces de explicar por qué está ocurriendo.

La ansiedad puede aparecer antes que cualquier explicación. Puede existir al margen de una historia que podamos narrar.

Pedirle a alguien que encuentre hablando la raíz de algo que nunca llegó a organizarse en palabras puede generar una frustración silenciosa: la sensación de que debería saber qué le pasa, de que debería poder explicarlo mejor, de que quizá no está haciendo «bien» la terapia.

Y no necesariamente es eso lo que está ocurriendo.

A veces, sencillamente, necesitamos otra vía de acceso.

Dónde entra la Arteterapia

El proceso creativo ofrece una vía diferente para acercarnos a ese mismo lugar. Una vía que no requiere que la experiencia esté previamente organizada en palabras. Trabajar con el color, la forma, el movimiento y los materiales permite que determinadas experiencias puedan expresarse antes de que sepamos cómo nombrarlas.

Algo puede aparecer en la presión de un trazo, en la elección de un color, en la repetición de una forma o en el ritmo con el que la mano se mueve sobre el papel. El cuerpo puede estar diciendo algo antes de que la mente tenga las palabras para explicarlo.

En la práctica, puede ser tan sencillo como crear sin un objetivo demasiado definido y después detenernos juntas/os a observar qué ha aparecido. Quizá una persona se dé cuenta de que lleva tres sesiones dibujando formas pequeñas, apretadas y contenidas. Esa observación puede convertirse en una puerta de entrada hacia algo que hasta entonces había resultado difícil de expresar verbalmente.

Y hay algo más: crear no solo nos permite representar o comprender la activación. El propio acto de crear puede convertirse en una experiencia reguladora. Un trazo repetitivo, el contacto con un material, el movimiento de las manos o la atención sostenida sobre una superficie pueden ofrecer al cuerpo un ritmo y un punto de anclaje. La activación deja de circular sin rumbo y encuentra un lugar concreto donde expresarse.

Esto no significa sustituir las palabras por el arte. Significa permitir que ambos trabajen juntos.

A menudo, la creación es la puerta de entrada y la conversación posterior nos ayuda a atravesarla.

Soltar el control, intencionadamente, en presencia de otra persona

La ansiedad y el control son viejos conocidos.

Cuando la incertidumbre se siente peligrosa, es comprensible que la mente intente responder aumentando el control: anticiparlo todo, planificarlo todo, revisar cada posibilidad, intentar evitar cualquier sorpresa.

El problema es que esta estrategia tiene un coste enorme. Y, por mucho que lo intentemos, la vida nunca llega a ser completamente predecible.

El proceso creativo nos coloca, de manera muy concreta, frente a esa realidad.

No puedes controlar completamente hacia dónde irá una línea una vez que empiezas a mover la mano. No sabes exactamente qué ocurrirá cuando dos colores se encuentren. No puedes determinar del todo en qué se convertirá una forma una vez que empieza a transformarse.

Siempre hay algo que escapa a nuestro control.

Para alguien cuyo sistema nervioso ha aprendido a mantenerse alerta precisamente para no ser tomado por sorpresa, esto puede resultar incómodo. Incluso amenazante.

Pero quizá ahí está precisamente una parte importante del trabajo.

Y lo que hace que esta experiencia pueda convertirse en algo terapéutico, en lugar de simplemente exponerte a algo que te resulta difícil, es que no tienes que atravesarla a solas.

Ocurre en presencia de alguien que permanece contigo. Alguien que observa sin juzgar, que acompaña sin intentar controlar lo que sucede y que puede ayudarte a sostener aquello que aparece.

Aquí la relación terapéutica no es un simple telón de fondo. Forma parte del proceso.

No solo estás creando algo impredecible. Estás experimentando qué ocurre cuando sueltas parte del control mientras otra persona permanece presente y disponible para acompañarte en esa incertidumbre.

Desde una perspectiva winnicottiana, podríamos hablar de esa experiencia de sentirse sostenido: no necesariamente porque alguien vaya a solucionar lo que ocurre, sino porque no tienes que enfrentarte a ello completamente solo/a.

Juntos podemos empezar a poner palabras a lo que emerge:

«Esto se parece al miedo».

«Aquí siento alivio».

«Esto me genera mucha rabia».

«No sé todavía qué es esto».

Y ese «todavía no sé» también tiene un lugar en terapia.

Porque no todo necesita ser comprendido inmediatamente.

A medida que estas experiencias se repiten dentro de un vínculo suficientemente seguro, puede empezar a construirse algo que va más allá de entender intelectualmente que la incertidumbre es tolerable.

Empiezas a experimentarlo.

Solté el control aquí y nada se desmoronó.

Y esa experiencia, acumulada poco a poco a través de pequeños momentos de incertidumbre que has podido atravesar, puede empezar a acompañarte fuera del espacio terapéutico: en una conversación difícil, ante una decisión que no puedes prever, en un día que no sale como habías planeado.

No porque hayas aprendido una técnica para «tolerar la incertidumbre», sino porque has podido experimentarla repetidamente dentro de un vínculo lo suficientemente seguro como para descubrir que puedes atravesarla.

El objetivo no es «calmarse»

Vale la pena decirlo con claridad: el objetivo de este trabajo no es hacer desaparecer la ansiedad ni enseñarte simplemente a «calmarte».

La ansiedad no es necesariamente un fallo que haya que corregir. El sistema nervioso que se pone en alerta está intentando, a su manera, protegerte.

La pregunta terapéutica no es únicamente ¿cómo conseguimos que esto desaparezca?

También es:

¿Qué está intentando proteger?

¿A qué lleva tanto tiempo respondiendo tu cuerpo?

¿Qué aprendiste que podía ocurrir si bajabas la guardia?

Y, a partir de ahí, podemos empezar a construir una relación diferente con la ansiedad: una relación en la que no tengas que obedecer cada una de sus alarmas, pero tampoco necesites silenciarlas a la fuerza.

Una relación en la que puedas escuchar lo que intenta comunicarte sin quedar a merced de ella.

Si la ansiedad se ha convertido en una presencia constante y hablar de ella no ha conseguido llegar al lugar donde realmente la sientes, ofrezco una llamada introductoria gratuita de 30 minutos para que podamos conocernos y explorar si este enfoque puede ser adecuado para ti.

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